Mi camino en la podología no comenzó como un plan, comenzó como una necesidad.
Después del fallecimiento de mi papá, atravesé un periodo de depresión profundo. Mi familia, con amor, me animaba a salir, a estudiar algo, a mantener mi mente ocupada y volver a tener contacto con personas. Fue así como llegué al CECATI sin un objetivo claro, solo con la intención de hacer algo que me ayudara a levantarme.
Me inscribí al curso de pedicura y manicura casi por impulso. Y ahí, algo cambió.
Descubrí que me encantaba atender los pies, escuchar a las personas, hacerlas sentir cuidadas. Entendí la importancia de la salud podal desde un lugar muy personal, porque yo misma había pasado por cirugías fuertes en ambos pies. Sabía lo que era el dolor, la incomodidad y la necesidad de soluciones reales.
Cuando las personas comenzaron a confiar en mí y a pedirme ayuda para afecciones más específicas, entendí que esto no era solo un curso: era mi vocación. Decidí especializarme en podología para ofrecer atención profesional, ética y consciente, enfocada en la salud y bienestar integral del pie.
Pero mi historia no termina ahí.
Años atrás, también había comenzado otro camino: la fitoterapia.
Uno de mis hijos padece dermatitis atópica desde los siete años, y las cremas comerciales dañaban su piel. Buscando alternativas seguras, estudié las propiedades de las plantas y comencé a formular mis propias cremas, libres de parabenos, perfumes y químicos agresivos.
Lo que nació como una solución para mi hijo, se convirtió en una línea de productos creados con intención, respeto por la piel y formulaciones limpias. Las personas empezaron a notar los resultados y a pedirme que les preparara sus propias cremas.
Una marca que une experiencia personal, preparación profesional y un profundo deseo de ayudar a otros a sentirse mejor en su propia piel… y en cada paso que dan.
Gracias por estar aquí.
Gracias por confiar.